Tengo el privilegio de pertenecer a una generación que ha nacido y crecido en democracia. En un país con tantas intermitencias democráticas, decir que llevamos 30 años sin golpes de estado a no es poco y ha sido un escenario que hemos logrado ir consolidando a través de los años.
Allá por el año 1983, al asumir el Dr. Alfonsín nos prometía que con la democracia se comía, se educaba y se curaba, pero después de estos 30 años hemos experimentado tristemente que, el cambio de régimen político no se traduce mágicamente en soluciones a los problemas cotidianos. No se ha traducido la transición democrática en un cambio en los ciclos económicos que viene viviendo la argentina. Gerchunoff y Llach lo llaman ciclo de ilusión y desencanto, para describir constantes ciclos unos pocos años de bonanza para desembocar luego en profundas crisis que daban por tierra lo poco que se había conseguido tiempo atrás.
Leer historia económica argentina es verificar dichos ciclos, y cuando me toco estudiarlos en la facultad se me presentaron como bases claras para no repetir la historia.
Hoy, 27 de enero de 2014, a 4 días de una de las mayores devaluaciones de la última década vuelvo a ver a mi país deslizándose a una crisis repetida, con trazos que nos hacen recordar las crisis económicas de los años 60, 70, 80, 90 y 2000 con ingredientes de todas ellas y con matices especiales dadas por la coyuntura actual.
Más de 50 años de historia repitiendo el mismo ciclo no pueden ser casualidad. El mero análisis lógico me indica que este tipo de ciclos es premeditado, sobretodo, desde el inicio de la democracia. El factor común: el populismo. Gobiernos centrados en tomar medidas que le garanticen ganar la próxima elección. Gobiernos que garantizan la total indemnidad del poder económico existente y del que son la cara visible, el brazo ejecutor. Gobiernos que garantizan pan y circo sin atacar los problemas estructurales de nuestro país. En fin, gobiernos que toman el discurso que esté de moda para poder acceder y mantenerse en el poder planteando escenarios rupturistas para luego aplicar la receta de siempre, la que favorece a los mismos sectores privilegiados de siempre.
Hoy ese modelo nos somete una vez más a los argentinos a una brutal devaluación de nuestra moneda.
Es probable que aquellos que peinan ya muchas canas en su sien estén acostumbrados a estos procesos y vean en este una película repetida. Sin embargo hoy los jóvenes nos encontramos por primera vez ante la cruda realidad del mazazo devaluatorio.
Y por que nos pega tanto?
Los jóvenes, como también aquellos adultos que no hayan perdido su espíritu emprendedor, tenemos sueños. Algunos soñamos con viajar y conocer diferentes partes del mundo, porque hemos experimentado la sensación de que te borren todos los prejuicios de un plumazo cuando conoces un nuevo país o una nueva cultura. Otros soñarán con tener su primera casa o departamento, para poder irse a vivir solo o para empezar a formar su familia, ya sea alquilando o (quien pudiera) comprando su primera vivienda. Quién no, en el interior de la Argentina habrá soñado con empezar sus estudios universitarios en alguna gran ciudad, pero ahora los costos que ello implica lo hacen tan imposible como viajar a la luna. Algunos otros tendrán sus miras en poder comprar su primer auto. Sería imposible enumerar los sueños, porque hay tantos como personas hay en este mundo.
A partir del viernes a la tarde todos esos sueños fueron devaluados. Todos aquellos que tenemos el sueño de viajar y conocer el mundo sabemos que a partir de ahora nos costará el doble o el triple poder hacerlo. Aquellos que sueñan con irse a vivir solos alquilando no saben cuanto les costará un alquiler mensual y bajan los brazos. Aquellos que sueñan con la casa propia saben que hoy el mercado inmobiliario está paralizado y sin precio o, en el mejor de los casos, con precios dolarizados que hoy son doblemente difíciles de alcanzar. Hoy el que soñaba con su primer auto sabe que más seguro será cargar bien su tarjeta de colectivo porque la seguirá usando por mucho tiempo.
Somos la generación de la democracia, y el viernes, nos devaluaron los sueños. Si bien hubo ya crisis que vivimos de más chicos, esta es la primera que nos pega de lleno, y nos pegó duro.
El escenario ya está planteado. Ya nos dieron el primer golpe. la pregunta que cabe ahora hacernos es qué vamos a hacer.
Una opción es hacer lo que vienen haciendo lo que nos precedieron. Agachar la cabeza, aceptar que estos ciclos son así en nuestro país (y por qué no decirlo en muchas partes del mundo), levantarnos como podamos y empezar de nuevo.
La otra opción es tomar nuestra responsabilidad como generación y hacernos cargo de impulsar un salto al futuro que nos saque de esta lógica mezquina, autoritaria y que nos condena a repetir el pasado. Es momento de no resignar nuestros sueños. Es momento de construir los cimientos de una Argentina de sueños posibles.
Llegó el momento de comprometernos con el cambio, de ocupar los lugares de decisión que debemos ocupar. Debemos exigir y encarnar una renovación dirigencial, con los desafíos que ello implica y asumiendo el rol protagónico que nos corresponde, a nivel político, social, sindical y empresario. La sociedad en sus diferentes expresiones se nos ofrece como campo de acción.
Nada va a cambiar por si mismo. El cambio vendrá del compromiso ciudadano de querer modificar la realidad y de la perseverancia en el camino emprendido. El camino que tenemos que recorrer no va a ser fácil y muchas salidas cómodas que nos reconduzcan al pasado nos serán ofrecidas a diario. Solamente con un fuerte compromiso con nosotros mismos y con quien tenemos al lado, porque no hay una verdadera salida si no es colectiva, vamos a poder torcer el rumbo de nuestro país. O salimos todos o no sale nadie.
El golpe fue duro. La respuesta debe estar a la altura de las circunstancias. Somos una generación nacida y educada en democracia. Es nuestro deber construir la salida para una nación que tiene todo para ser un luz en un mundo de caos, pero que antes debe sanar sus heridas, reconstruir tejidos sociales rotos y generar un salto al futuro que garantice a los 40 millones de Argentinos un futuro digno.
El desafío está planteado. Es momento de tomar decisiones y hacerse cargo de las consecuencias.
Memoria para no repetir el pasado. Constancia para construir el futuro. Es hora de salir a defender nuestros sueños.
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