domingo, 21 de julio de 2013

La democracia ¿Tiene precio?



En este año 2013 se cumplirán 30 años del regreso a la democracia. Hemos atravesado ya alrededor de 13 elecciones nacionales con sus correspondientes elecciones locales y provinciales. Es realmente un orgullo como argentino poder decir que soy hijo de esa democracia, que nací bajo un gobierno democrático y he vivido toda mi vida bajo el abrigo de la democracia. Creo que la mayoría de los argentinos nos enorgullecemos de este hecho y lo reivindicamos, después de largos años en donde la presencia de los golpes militares en la historia política era una constante.
Hemos avanzado mucho en estos 30 años y sin embargo queda tanto por recorrer. En esta oportunidad y ante la inminencia de un nuevo acto eleccionario, me ví interpelado por una realidad que va a contrapelo del orgullo que sentimos por este reverdecer democrático. A 30 años de haber vuelto a las urnas, en la mayoría de los distritos electorales hay que recurrir al pago de una contraprestación para poder garantizar que en el día de la elección las mesas cuenten con sus correspondientes autoridades de mesas y que así pueda asegurarse el normal desarrollo del acto eleccionario. ¿Qué nos pasa que estamos orgullosos de la democracia pero no somos capaces de brindarnos como instrumentos para sostenerla y garantizarla?
En una primera mirada como sociedad, vemos que en este caso pasa lo que en muchos otros: nos gusta disfrutar de nuestros derechos sin ningún tipo de contraprestación u obligación a cambio. En estos largos años hemos aprendido muy bien cuales son nuestros derechos, como defenderlos e incluso a marchar y protestar cuando alguien quiere quitárnoslos. ¿Pero que pasa con nuestras obligaciones respecto a dichos derechos? En ese momento se crea un gran silencio. A todos nos gusta y reivindicamos la educación gratuita, pero cuando llega la hora de pagar impuestos todos buscamos la forma de pagar lo menos posible y nos escudamos con variadas excusas. En el caso de las autoridades de mesa pasa lo mismo. Todos queremos la democracia, vamos a votar, pero nadie está dispuesto a sacrificar un día de su vida para que ese acto de votar pueda ser posible .
Ante este escenario ¿Cuál ha sido la respuesta de la clase política, responsable de garantizar que las elecciones se lleven a cabo? Han aplicado la misma lógica que han aplicado a toda la vida política, a las campañas y hasta a veces a las negociaciones políticas: la lógica capitalista. Hoy la democracia tiene un precio. En la provincia de Santa Fe se le abonará $300 a cada autoridad de mesa y $50 más si accede (como haciéndole un favor a la sociedad) a capacitarse para cumplir debidamente su labor. Con un promedio de 7650 mesas en toda la provincia y un costo de las dos elecciones de $700 por cada autoridad, y teniendo en cuenta que se nombrarán 3 autoridades por mesa, el costo de realizar la elección será de alrededor de $16.000.000 en nuestro distrito en este concepto. Señoras y señores he allí el precio de nuestra democracia. La democracia que se aplica en una sociedad en donde su escala de valores coloca en lo más bajo el compromiso ciudadano y le pone un precio a una carga pública.
¿Es la solución adoptada la única posible? Mi respuesta es NO. Es seguramente la más fácil, aprovechando que siempre un «mango» más al bolsillo viene bien. Es una mecánica perversa pero eficaz para conseguir el objetivo de poder desarrollar las elecciones en mediana normalidad (ya que decir que este mecanismo es eficas en un 100% es una falacia que se ha chocado contra la realidad que marca que, incluso pagando, mucha gente decide finalmente no presentarse), pero es un síntoma que revelador respecto a nuestro compromiso con la democracia que decimos querer y defender.
¿Que otro camino podríamos tomar ante este escenario? Mi primer respuesta y como política de largo plazo es la educación. Sólo mediante un sistema educativo que inculque valores democráticos, que enseñe tanto derechos como  obligaciones, tendremos en el futuro ciudadanos conscientes y comprometidos con la democracia. Seguramente en el futuro ellos no dudarán ante el llamado que haga la sociedad para contribuir con un día de sus vidas a mantener un sistema que, si no perfecto, por lo menos aceptado por todos, para elegir a quienes nos gobiernan. Y seguramente no necesitarán capacitación alguna, ya que la propia escuela los habrá preparado para ser autoridades de mesa, obligación que todos esperarán algún día de su vida poder cumplir. Sería este un gran paso en la democractización de nuestras vidas. Educar al futuro soberano en sus derechos y obligaciones, fomentar simulacros de votaciones donde pongan en práctica los conocimientos adquiridos y porque nó, profundizar la creación de centros de estudiantes en las secundarias elegidos democraticamente por el estudiantado, asumiendo desde temprana edad, en un ámbito acotado, las responsabilidades de llevar adelante una mesa electoral. Una utopía al alcance de la mano.
¿Y que podemos hacer en el corto plazo? Como siempre, exigir a quienes más tienen o más reciben en la sociedad. Un ejemplo claro de esto son los estudiantes universitarios. La UNR tiene alrededor de 74.000 estudiantes. La Universidad Nacional del Litoral, sólo en ingresantes, cuenta con alrededor de 10.000 alumnos. Todos ellos reciben una educación gratuita con ingreso irrestricto. No resulta una locura pensar que puede imponerse como carga pública, como contraprestación del estudiante universitario, el servir como autoridad de mesa en las elecciones cada dos años. No parece un «precio" muy alto para la educación de grado.
Asimismo, podría encararse por parte del estado una campaña continua para conformar un padrón de voluntarios para constituirse como autoridades de mesas. Este tipo de campañas deberán sostenerse durante todos los años, y no sólo durante los años electorales, para así poder llegar al número necesario para cubrir todas las mesas de votación. Incluso, en un principio, hasta podría pensarse en algún tipo de beneficio impositivo si se quisiera, pero no mucho más para no volver a caer en la misma lógica que se quiere desterrar.
Estas son sólo algunas ideas, lo que me parece que no puede dejarse de discutir es que tenemos una clara señal de que nuestro sistema democrático todavía debe fortalecerse. Somos concientes ya de que cada dos años debemos ir a votar y lo tomamos casi con naturalidad. Ahora debemos recorrer el camino para que el compromiso ciudadano con la democracia de un paso más y que la llegada del telegrama de designación como autoridad de mesa sea, de aquí a un futuro no muy lejano, un motivo de orgullo para el ciudadano.

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