Después de más de una semana de
ocurrida la marcha nacional sin nombre (no me gusta llamarla cacerolazo porque
creo que fue más que eso) creo que puedo volcar en algunas líneas varios
conceptos sobre la misma.
En principio y como experiencia
personal, debo confesar que lo que sentí al estar en el Monumento a la Bandera
fue angustia y escepticismo. Como dice un tema de la Bersuit, me pareció estar
mirando un museo de grandes novedades.
Grandes concentraciones, gente en la calle, cacerolas y banderas: ¿Dónde he
visto yo esto antes? Ah, sí, 2001, 2008, entre otras experiencias por lo menos
que yo haya vivido, y de ahí surgieron mis sentimientos. Esto ya lo hicimos y
nada cambió.
Con el pasar de las horas se me
plantearon dos preguntas. En primer lugar, ¿Por qué nada cambio?
Creo que la respuesta es clara,
en no fuimos capaces de sostener la participación en el ámbito público y no
supimos canalizarla institucionalmente para darle coherencia y objetivos
claros.
Por otro lado, también creo que se erró en
aquellas oportunidades en cuanto al objetivo tal como cuando el Quijote
arremete contra espejismos de molinos de viento inexistentes. El problema no
era (ni es) el gobierno de turno, el problema claramente está en todo el
sistema político argentino que está en crisis.
A mayor profundización, creo que
otro factor que coadyuvo a mermar la participación ciudadana en el espacio
público fue el reverdecer económico. En cuanto nos vimos nuevamente envueltos
en un contexto de bonanza económica el espacio público fue abandonado masivamente
y cada uno volvió a consumir su vida privada, abandonamos al ciudadano para
volver al homo consumens que tan bien describe Bauman. En cuanto la crisis no
nos afectó no nos importó si alguien quedaba caído en el terreno de antiguas
batallas.
Mi segunda pregunta es ¿Sirve para
algo esta manifestación ante los magros resultados de manifestaciones pasadas?
A pesar de mi escepticismo y luego de pensarlo, creo que sí. Sirve manifestarse
en primer lugar para derribar cierto escenario planteado por parte de la
sociedad de que el actual gobierno ha instaurado una dictadura. Claramente en
una dictadura una manifestación como la del jueves pasado no hubiera sido
posible. La ciudadanía tenía varios reclamos, ganó la calle, reclamó, hizo su
catarsis colectiva y regresó a su casa sin un mínimo atisbo por parte del poder
de tener intenciones de reprimir dicha manifestación. Por otro lado, y pensando
en el futuro, creo que la manifestación sirvió como primer paso, como catarsis,
pero también como toma de conciencia de que es necesario que nos involucremos
en el espacio político para parar avasallamientos de nuestras libertades y para
plantear cambios necesarios.
Como dice Silvio Rodriguez, en
este camino habrá muchas sillas que nos inviten a parar como en el pasado lo
hicieron, y esas sillas probaran cuán profundo es el compromiso de los
manifestantes con la cosa pública y cuanto de individual o colectivo tiene su
reclamo.
Finalmente quiero señalar otra
inconsistencia de los llamados de los manifestantes, y me refiero al
instrumento de la cacerola. Claramente la palabra cacerolazo nos remite
automáticamente a la situación del 2001 y creo que es una referencia que
debemos desterrar del reclamo actual. Los argumentos son varios. La situación
es totalmente diferente a la del 2001, no hay crisis económica sino más bien
todo lo contrario, a pesar del desaceleramiento que viene experimentando la economía los
últimos meses. Además no nos encontramos ante un escenario cuasianárquico con
un gobierno paralizado sino todo lo contrario, nos enfrentamos a un gobierno
que viene por todo y que en cada medida pretende avanzar un paso más sobre la
esfera privada que no le corresponde. El escenario difiere del planteado a
principios de siglo y ante un gobierno con un gran manejo de su estrategia
comunicacional, no se le pueden dar argumentos para la descalificación fácil y
chabacana. Ante un nuevo escenario el reclamo requiere de nuevos simbolismos, y
sobretodo, que demuestren una madurez democrática que hagan indudable la
voluntad de sostener a las autoridades legítimamente elegidas, pero a las
cuales se les exigirá firmemente el respeto de derechos y libertades de los
ciudadanos.
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